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La primera biblioteca no ocupaba lugar, residía en la memoria. Eran inmateriales, hasta la aparición del pergamino y el papel, la imprenta, la industria editorial, los soportes informáticos,…hallazgos que fueron cambiando la relación del hombre y la escritura, y con ello el contenido y las formas de las bibliotecas.

Tres eras han existido de bibliotecas, durante las cuales éstas han adoptado muchas formas diferentes:

La primera nace con la escritura y termina con la invención de la imprenta. En el mundo antiguo, los testimonios nos hablan de cámaras cerradas en palacios mesopotámicos, habitaciones en los templos egipcios, exedras en Pérgamo o Alejandría y en el Imperio Romano, nichos en muros y galerías sobre columnas. Luego, durante la Edad Media, las bibliotecas se escondieron en los claustros o sobre un ala del claustro, lugar que disponía de buena iluminación y al mismo tiempo preservaba los libros de la humedad, condiciones que podemos observar en la biblioteca de la Catedral de Toledo o en la de la Catedral de Salamanca. ImagenEsta ubicación se eligió también para las bibliotecas universitarias, como la del Colegio de Santa Cruz de Valladolid, que mantuvo el mobiliario de pupitres con libros encadenados hasta 1705.

La segunda se extiende hasta la Revolución Industrial. Con el surgimiento, ya en el siglo XVI, de las bibliotecas salón como manifestación del poder de los príncipes, el espacio fortificado de las bibliotecas medievales se convierte en naves diáfanas y cerradas, reflejo del anhelo de sistematizar el único espacio. Un ejemplo lo tenemos en la Biblioteca Colombina, creada por el hijo del descubridor de América que llegó a albergar hasta quince mil volúmenes. La necesidad de espacio le llevó a construir una casa palacio a orillas del río Guadalquivir para albergar la biblioteca. Este modelo de biblioteca salón fue elegido para la Biblioteca de El Escorial, en cuya construcción se tuvieron en cuenta elementos tan novedosos como la prevención de incendios o la iluminación a mediodía.

En el Barroco surge el concepto de “biblioteca-templo”, con una gran bóveda que cubría todo, todo el saber, y siguiendo este concepto de Biblioteca se construyó la de la Universidad de Salamanca cuya bóveda gótica se hundió en 1664, siendo reconstruida en 1749. Imagen

La tercera finaliza con la generalización de la comunicación, informática, y comienza con la obligación, fruto de la revolución industrial, de que la biblioteca se estructurara como un mecanismo compuesto por espacios especializados, y bajo esta idea se construyeron las grandes bibliotecas nacionales y llegaron a la modernidad mucho más sofisticadas y exactas, gracias a los volúmenes articulados, los depósitos en torre y las circulaciones separadas elementos que no faltaban en la Biblioteca Nacional de Madrid, aunque resultaban incómodos para los bibliotecarios, por su concepción como biblioteca de depósito y conservación.

Así, tan perfectas eran en su mecanismo, que no pudieron resistir el paso del tiempo y los cambios cada vez más acelerados del siglo XX las dejaron obsoletas, viéndose obligadas a recorrer el camino inverso: primero, al contacto directo con los libros y luego vuelta al modelo renacentista y barroco de coexistencia de libros y salas de lectura hasta que la aparición de la informática permitió prescindir, en parte, de los libros y trabajar con ordenadores en los que la antigua cadena se sustituye por el cable.

La cuarta era está comenzando. No sabemos si las bibliotecas no necesitarán un lugar y un espacio gracias a la informática, pero lo que sí sabemos es que siempre existirán, denominadas ahora “bibliotecas globales”, que estarán en todos sitios y desde cualquier lugar podremos acceder al conocimiento que albergan. ImagenDe esta idea surge la experiencia de las bibliotecas virtuales como la Cervantes Virtual de la Universidad de Alicante. Si proyectos similares se pudieran llevar a cabo, resolviendo problemas relativos a los derechos de propiedad intelectual,  entonces la biblioteca, tal y como señala Alonso Muñoz, “coincidirá con el mundo”.

(Artículo publicado en Revista Cejillas y Tejuelos nº 15 por Juana Valera y Guadalupe Mancebo, bibliotecarias)

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