Etiquetas

, , , , , , ,

En el bosque de abedules de Birkenau, los nazis levantaron un campo de concentración “ejemplar”, con familias enteras que utlizaban como propaganda para convencer al mundo de lo bien que trataban a los judíos. Cada seis meses, esas familias eran gaseadas como las demás. Jugándose la vida, una niña de 14 años creó en el barracón 31 de aquel campo una biblioteca clandestina. Y aún vive para contarlo.

Disculpe, señor, ¿da usted su permiso que regrese a la fila? Si le parece bien, naturalmente. Lo último que querría sería molestar y…”. Irrigado el suboficial se encara con Morgenstern: ¡Estúpido vejestorio judío! ¡Si no estás en tu sitio en tres segundos, te descerrajo un tiro! ¡A la fila, imbécil!. La añagaza ha funcionado. Alterado, el suboficial cree haberse ocupado ya de las niñas y pasa a inspeccionar otras filas. Tras algunos gritos y zarandeos más, los nazis pueden se marchan. Dita vivirá un día más

Así empieza la novela La bibliotecaria de Auschwitz, escrita por Antonio G. Iturbe y basada en hechos reales. El barrcón 31 formaba parte del denominado campo familiar agregado a Auschwitz y enclavado entre el bosque de abedules de Birkenau. Albergaba a familias enteras con sus hijos con un fin propagandístico. Tras seis meses de permanencia en este “escaparate” eran enviados a las cámaras de gas, como los demás. Con el tiempo, realizada ya la propaganda, el campo familiar sería cerrado.

El barracón 31 albergó unos 500 niños… Y, de forma sorprendente, los prisioneros se las ingeniaron para crear una biblioteca infantil clandestina. Era precaria: solo contaba con ocho libros; entre ellos, un atlas desencuadernado; un manual de álgebra; Los Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica de Sigmund Freud y Las aventuras del bravo soldado Svejk, del checo Jaroslav Hasek. La biblioteca también contaba con “libros vivientes”: prisioneros que recitaban a los niños obras que habían leído en el pasado.

Dita Polachova, la adolescente checa que en la novela recibe el apellido de Adlerova (ahora se apellida Kraus), era una de las gestoras de la biblioteca. Sobrevivió a Auschwitz, sigue con vida y reside en Netanya (Israel). En el libro asoman otros personajes históricos, como el disciplinario sionista Fredy Hirsch, el jefe del barracón 31, quien logró organizar una especie de escuela y eligió a Dita para ocuparse de los libros. Tuvo un trágico final. Cuando las tropas alemanas ya se batían en retirada en Europa, la resistencia interna del campo le pidió encabezar un levantamiento de los prisioneros. Hirsch dudó: había casi nulas posibilidades de éxito y su misión era salvaguardar la vida de los niños. Poco después Hirsch fue hallado muerto, los testimonios recogidos por Iturbe prueban que no fue un suicidio. Mucho más famoso que Fredy Hirsch es otro personaje real: el siniestro doctor Josef Mengele, conocido por valerse de prisioneros de Auschwitz como cobayas humanas para perfeccionar la raza aria o simplemente para satisfacer su sadismo.

“Asombra ver cómo Dita, alguien con todo ese sufrimiento – dice Iturbe, autor de la novela -, es capaz de no perder la sonrisa”. “Es lo único que me queda” dijo ella. El Tercer Reich entero no pudo con ella.

(Artículo escrito por Antonio Padilla en la Revista Semanal del País)

Anuncios