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El extenso ciclo de alrededor de una centuria que va de las primeras manifestaciones del simbolismo, a mediados del siglo XIX, hasta la madurez del movimiento surrealista, en el período de entreguerras del siglo siguiente, se conoce genéricamente como las vanguardias, aunque ya hubiera gérmenes de sus características más acusadas entre los románticos y, de hecho, la tentación vanguardista haya perdurado en diversos planteos experimentales posteriores, como es el caso de la literatura textual de los decenios de 1960 y 1970. Lo que de verdad acota el territorio de las vanguardias, del esteticismo simbolista al humanismo surrealista, pasando por la revolución formal del modernismo, es el radical punto de partida de sus diversas manifestaciones: la literatura se considera por primera vez como una actividad y un método de conocimiento no supeditado a la experiencia ni subordinado a otra cosa que su propia naturaleza. Las vanguardias no se proponen reflejar ni representar nada, sino “agregar otra cosa al mundo”, tan dependiente pero a la vez autosuficiente del resto de la realidad como cada uno de los seres vivos y objetos del planeta. Con las vanguardias, por tanto, el arte se asume por primera vez como un fín en sí mismo.

Este radicalismo tuvo como primera consecuencia el divorcio de la tradicional pareja integrada por el artista y la sociedad, en todos y en cada uno de sus modelos.

EL PRIMER DESMARQUE SIMBOLISTA

Hasta la madurez poética de Stéphane Mallarmé (1842-1898), el simbolismo 235px-Portrait_of_Stéphane_Mallarmé_(Manet)no adopta oficialmente su nombre de batalla ni teoriza como tal escuela sobre sus presupuestos estéticos: habrá que esperar a los dos ultimos decenios del siglo, para que publicaciones como Le Simboliste (1886), La Plume (1889), Le Mercure de France (1890) o La Revue Blanche (1891) se encarguen de difundirlo por todo el ámbito de la cultura occidental. Sin embargo, se considera indiscutible que el movimiento arranca de la obra de Charles Baudelaire (1821-1867) y culmina con las de Arthur Rimbaud (1854-1891), Paul Verlaine (1844-1896) y la del propio Stéphane Mallarmé.

Se ha dicho que con la publicación de Les fleurs du mal (Las flores del mal, 1857), el libro capital port_las_flores_del_mal_charles_baudelaire_250x313de Baudelaire, comienza la modernidad, y que, por las características de su propia obra, el mismo Baudelaire puede ser considerado el primer hombre moderno. Pésimo estudiante, bohemio empedernido, amante de una mujer “de color”, condenado judicialmente por publicaciones inmorales, alcohólico y drogadicto (Los paraísos artificiales, 1858), derrumbado por la sífilis, Baudelaire encarnó todo lo que la moral burguesa consideraba condenable, al tiempo que su escritura ponía en circulación la tesis de la autonomía y especifidad de la obra de arte, uno de los conceptos más influyentes de la estética de los últimos siglos.

Nacido treinta años más tarde, Arthur Rimbaud es, por su parte, el más deslumbrante meteoro de la historia de la poesía occidental y el ejemplo por excelencia de esa concepción artística: toda su obra (Carta del vidente, Una temporada en el infierno, Iluminaciones) fue escrita entre 2231_iluminaciones_promlos 16 y los 20 años de su edad, luego de lo cual abandonó la literatura y pasó una vida errante y aventurera hasta que sufrió la amputación de una pierna. Pese a esta atipicidad, o tal vez precisamente por ella, su impronta en la poesía europea es mucho más profunda que la de su protector y amante, Paul Verlaine (Fiestas galantes, La buena canción, Mis hospitales, Los poetas malditos), maestro sin embargo del lirismo intimista y la voz más admirada por quienes representarían la sensibilidad del decadentismo. Mallarmé es el mayor teórico de los cuatro grandes poetas simbolistas y el que llevó más lejos la búsqueda y ejecución de una “poesía pura”, en la que el autor y los elementos referenciales desaparecen tras las palabras (Siesta de una fauno, Álbum de un verso y de prosa, Páginas). Su producción fue decreciendo Mallarme-Stephane-La-Siesta-De-Un-Fauno-Y-Otros-Poemas-Libro-503709663_MLen cantidad, a la búsqueda del libro absoluto que no llegó a escribir y del que el mejor fragmento se considera su prosa poética. Un coup de dés jamais n’abolira le hasard (Una tirada de dados nunca abolirá el azar, 1897).

PARNASIANOS Y HEREDEROS

Originados en un aspecto de la obra de Baudelaire y sobre todo en las concepciones de los grandes poetas posrománticos Théodore de Banville (1823-1891), Théophile Gautier (1811-1872) y Charles-Marie Leconte de Lisle (1818-1894), los parnasianos plantearon cierto regreso al clasicismo como vía de acceso a la “poesía pura”, y se dieron a conocer e identificar en sucesivas entregas de una amplia antología colectiva (El Parnaso contemporáneo, 1866, 1871 y 1876) en la que acabaron entrando nombres 0925-parnaso-espanol-contemporaneo-jose-brissa_MLA-F-116597188_3165y tendencias tan diversas como las encarnadas por Càtulle Mendès (1842-1909), François Coppeé (1842-1908) o R.F. Sully-Prudhomme (1839-1907). Si bien el punto de partida común era la frialdad emotiva al servicio de la perfección formal, la singularidad de los individuos acabó por disgregar el grupo, aunque ello se produjo merced a una creatividad tan estimulante que en realidad alentó la difusión del simbolismo y el nacimiento de las diversas corrientes que mantendrían viva la poesía francesa hasta la revolución surrealista.

Desde un punto de vista académico, el rechazo de los parnasianos a publicar La siesta de un fauno, de Mallarmé, produce el nacimiento oficial del simbolismo, aunque más bien pudiera hablarse de una segunda generación simbolista con nombres tan significativos como los de Émile Verhaeren (1855-1916), Maurice Maeterlinck (1862-1949) y la primera etapa creativa de Paul Claudel (1868-1955) y Paul Valéry (1871-1945).

Lo que resulta indiscutible es que precisamente en esta etapa los postulados del simbolismo se internacionalizan y pasan a influir en la obra de escritores de diversas lenguas.

EL MODERNISMO HISPÁNICO

El concepto de “modernidad” nace de la estética baudelaireana y, a través del simbolismo y sus corrientes afines, impregna la obra de los autores que se manifiestan a caballo de los siglos XIX y XX hasta finales de la Primera Guerra Mundial. En algunos casos llega hasta la literatura experimental que alcanza su apogeo en el período de entreguerras. Pero existe un modernismo propiamente dicho, que nace en Hispanoamérica a fines del siglo XIX, influye en la española “generación del 98” y se desarrolla hasta unos lustros antes del estreno en sociedad de la también llamada “generación del 27”.

Nacido en América, heredero a partes iguales del romanticismo y de la renovación simbolista, pero con vigorosas señas de identidad este modernismo fue básicamente un movimiento poético, entre cuyos precursores es imprescindible mencionar a los mexicanos Salvador Díaz Mirón (1835-1928) y Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), al colombiano José Asunción Silva (1865-1896), cuyo célebre Nocturno se considera la pieza fundamental jose-asuncion-silva-nocturno-y-otros-poemas_MLA-O-91814399_3105de la corriente, al peruano Manuel González Prada (1844-1918) y al más singular acaso, por su trayectoria pública y su pensamiento, el cubano José Martí (1853-1895). La obra de todos ellos se verá sintetizada y culminada en la de la figura cumbre del modernismo, Rubén Darío (1867-1916), uno de los mayores poetas de la lengua española.

No sólo por el carácter revolucionario y enriquecedor de su legado sino por sus múltiples viajes y su activismo estético en América y en España, el nicaragüense Rubén Darío es el aglutinador y el paladín del modernismo, y el poeta cuya obra ha dejado más honda huella en la lírica hispánica del siglo XX. Inmediatamente por detrás de este “emperador de la barba florida” cabe situar a los cuatro príncipes del movimiento: el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Amado Nervo, el uruguayo Julio Herrera y Reissig y el peruano José Santos Chocano.

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Enrique Rodó

Menos importante fue el aporte de los prosistas a la estética del modernismo. Las dos figuras cumbres de la prosa fueron, el primero en el campo del ensayo y el segundo en el de la narrativa, los uruguayos José Enrique Rodó y Horacio Quiroga. Rodó fue un pensador de una gran formación clásica, que hizo una original relectura de los mitos desde una óptica hispanoamericana (Ariel, Motivos de Proteo, El mirador de Próspero); Quiroga, por su parte, es el gran maestro continental de la narración breve (El crimen del otro, Cuentos de amor, de locura y de muerte, Cuentos de la selva, Ananconda, Más allá),a la que dotó de una intensidad y una capacidad de síntesis desconocidas hasta su obra, y representa tal vez la influencia más apreciable en las generaciones siguientes de narradores. Entre los principales escritores modernistas hay que citar también al argentino Roberto Payró, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, el paraguayo Rafael Barrett, el cubano Alonso Hernández Cata o el uruguayo Carlos Reyles.

LA “GENERACIÓN DEL 98”

Aunque se ha discutido mucho la adscripción de este grupo al modernismo, en la actualidad se considera que representan sin duda la variante española del movimiento. Entre 1914 y 1938, diversos autores intentaron fijar los límites y determinar los integrantes de esta famosa generación, cuya irrupción en la escena literaria coincidió con la pérdida de las últimas colonias españolas de ultramar, pero también con la crisis finisecular del pensamiento de Occidente, al que en definitiva pertenecían. Los nombres más generalmente vinculados al grupo son los de Azorín, Unamuno, Jacinto Benavente, Baroja, Ramiro de Maeztu, los hermanos Manuel y Antonio Machado, Ramón Menéndez Pidal, Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez.

Miguel de Unamuno (1864-1936) es la figura más inquietante y compleja del grupo, por su angustiado pensamiento existencial y hpqscan0001 (1)su permanente búsqueda de transcendencia, que manifestó en sus ensayos (Del sentimiento trágico de la vida, Contra esto y aquello), novelas (Amor y pedagogía, Niebla, Abel Sánchez, La tia Tula), dramas (Soledad, El otro, Sombras de sueño) e incluso en su poesía (Rimas de dentro, Romancero del destierro). Pío Baroja (1872-1956), por su parte, fue con diferencia el más fecundo de todos, ya que su enorme obra roza el centenar de títulos, en su mayor parte novelas (Zalacaín el aventurero, Las aventuras de Shanti Andía, Camino de perfección, La feria de los discretos o la trilogía La lucha por la vida), género del que es el máximo representante generacional y el puente indispensable entre la narrativa decimonónica y la posguerra española. Dejó también un importante testimonio autobiográfico: los siete volúmenes de Desde la última vuelta del camino (1944-1949). Antonio Machado (1875-1939), finalmente, fue ANTONIO-MACHADO-EN-1917y sigue siendo el más popular de los poetas españoles de entresiglos, por la senibilidad y amplitud con la que supo recuperar la mejor tradición lírica de la lengua (Soledades, galerías y otros poemas, Campos de Castilla, De un cancionero apócrifo). Pero también hay que señalar otra costado no menos eficaz de la obra machadiana, su vena ensayística y pedagógica, que desarrolló a través de sus heterónimos Abel Martín y Juan de Mairena.

 

 

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